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Interviste
 
CUESTIONES Y RAZONES: ALBERTO GIRRI Y GARDEL
Dall'intervista ad Alberto Girri

 

 

 


Háblenos del tango, nuevamente de moda ahora.

 

 

 

 

 

 

Sería hablar de una infancia trascurrida entre fines de la década del 20 y principios de la del 30, en una ciudad para la que esa música era casi el exclusivo modo de dar fe de la idiosincracia de la gente. Lo que resta del tango, y de los porteños, nada tiene que ver con lo que yo recuerdo. No sufro el virus de la nostalgia, simplemente se dio así; la altanería se convirtió en agresividad, y el sentimentalismo en cursilería, y la elegancia natural del tango cayó en la pretensión, el fárrago. Ni mencionar los delirios interpretativos a cargo de psicólogos, sociólogos, futurólogos del tango.
En realidad, pocas veces escucho tangos, salvo cuando amigos entrañables como Tuco Paz me incitan. Sin embargo, permanece mi afecto par los de Julio y Francisco De Caro, "que le pusieron manija al tango", decía Gonzalez Tuñón. La inigualada estilización de esas composiciones excluye todo pintoresquismo, música de tango que es música a secas, y en no pocas ocasiones estuvieron en mis afanes par la literatura. Quizás, tanto como en algunos libros, aprendí de su espíritu a perseguir ese ideal de unidad y equilibrio a que todo escritor aspira, y la lección de su parquedad, el apartarse de lo trillado y la falsa elocuencia. Y hasta la amorosa lucidez con que la propia obra debe ser contemplada, juzgada.

No podríá faltar su opinión sobre Gardel, ¿verdad?

Gardel es igual que la buena prosa. Economía, desnudez, ningún divagar inútil, ninguna afectación; ni trémolos ni vibratos de dudoso gusto, un canto con todas las exigencias de la buena prosa. Puesto de otro modo, un estilo que con entera conciencia artística reproduce las replicas relojes leyes madres de la escritura: ley de la simplicidad, ley del climax, ley de la variedad. Así, el curso de la voz de Gardel nunca es recta, sino que avanza par sucesivas curvas; siempre un crescendo y un diminuendo, nunca un nivel uniforme, y como moviéndose hacia su objetivo emocional y estético claramente previsto, sin azares ni indecisiones.

¿Por qué no le gustaría a Borges?

Y además, agrega Borges que a Gardel no le gustaba el tango. Que a Borges no le gustara Gardel es coherente; Borges piensa en un tango arquetípico, imposible de ser encarnado, o piensa en el tango de etapas primitivas, con estribillos circunstanciales, adosados a una música para bailar. En cambio, la afirmación de que a Gardel no le gustaba el tango incita a la pregunta: ¿Le gustaba a Borges la poesía, o ni siquiera se planteó la cuestión, tratando llanamente de hacer poesía, como Gardel creaba en su canto; y a la vez meros instrumentos, intermediarios, los dos, de lo que iban creando?

Leí, en alguna parte, que hizo Ud. una aproximación, par lo menos insólita, entre Gardel y T. S. Eliot...

Se la repetiré. Imaginemos que el gran poeta; amante del music hall, hubiera pasado por el Río de la Plata, y admirado a Gardel, como Chaplin, como Alfonso XIII; imaginémoslo, componiendo su "Old Possum's Book of Practical Cats", mientras escucha a Gardel cantando "Micifuz"; imaginemos el tono de sus observaciones: ¿qué es lo que hace que un artista popular tenga ese algo más que lo elevará sobre contemporáneos, que asimismo son diestros y populares? ¿Qué provoca tal éxito, su superioridad interpretativa, exclusivamente, o que a través del algo más, inexplicable, la gente que lo aplaude se siente revelada a fondo? Y su conclusión sería que lo impar de Gardel no es sólo artístico, sino también de plenitud humana; superioridad moral, patrimonio invariable del artista, popular o culto.

En conclusión, es cierto entonces que Gardel inventó la manera de cantar el tango.

Por lo que destacamos, y porque, sutilmente, conduce la voz hasta un equilibrio expresivo donde lo que cada tango narra o describe no queda detenido en la inmediatez realista, sino que se hace alegórico, denota mucho más de lo que muestra.

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