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Interviste
 
PARA TOCARLO BIEN, AL TANGO HAY QUE SENTIRLO EN SERIO
Karina Micheletto, Pagina 12, 2 junio , 2007
Tienen 84 y 75 aņos, y desde hace aņos constituyen un dúo notable

“¡Nuestros discos son tan buenos que los hacemos durar muchos años!”, dice Montes entre risas. Arias retruca: “Ahora nos embalamos, y ya viene otro en unos meses. Nos dicen que nos apuremos, que le metamos pata. A lo mejor tienen miedo de que nos vayamos a algún lado... (risas) ¡Pobres de ellos...!” El guitarrista y el bandoneonista conforman un verdadero dúo: cuando tocan se les nota que se conocen desde hace rato, que se adivinan las mañas. Y que aprendieron a entenderse. Cuenta Montes: “A veces estoy media hora tocando con los ojos cerrados, no tengo idea de lo que pasa a mi alrededor, pero sé que Aníbal está ahí conmigo. No necesitamos mirarnos”. “¡En realidad, a mí me gustaría que me mire, pero él nunca me dio el gusto!”, interrumpe Arias, sin perder la sonrisa. “El está acostumbrado a cerrar los ojos, ¡no sé si es por inspiración, o porque le da sueño! (risas). A veces tengo necesidad de hacerle una seña para marcar una parada, o porque nos equivocamos, porque somos seres humanos. Podemos agarrar por la banquina, dar vuelta carnero...”

 

 

 

–¿Y qué pasa cuando se van a la banquina? 

Aníbal Arias: –No, estaba bromeando, eso nunca ha pasado. Somos muy profesionales, hace demasiados años que estamos en esto. En tango y en folklore, acompañamos a Dios y a María Santísima. ¡No los acompañamos a Gardel y Corsini porque no llegamos a tiempo!

–¿Qué es lo mejor de trabajar en este dúo?

Osvaldo Montes: –La seguridad que me da mi compañero. Me equivoque o no, yo sé que el guitarrista va a estar. Si por ahí me equivoco de variación, y tengo que enganchar notas largas, yo sé que vamos a terminar bien igual, que él no me va a fallar.

A. A.: –Ojo, ese tipo de cosas las sabemos nosotros, pero la gente no se aviva. Cada vez que pasa eso, yo le digo por lo bajo: “¡Mañana, ensayo a las 6 de la mañana!”.

–¿Cuánto tiempo le dedican al ensayo?

O. M.: –¿La verdad? Ensayamos en la grabación. Yo le digo a Aníbal: “Hacé una variación, un solito acá, entrá en la primera...” Y así va saliendo. Así fueron nuestros discos. Por eso (Gustavo) Margulies decía: “Escuchen bien, porque ellos siempre tocan una cosa distinta, pero siempre saben a dónde van”. Yo no sé explicar cómo lo hago. Solamente sé que los dedos me obedecen. Y que si cierro los ojos, puedo dejarme llevar por lo que siento.

–¿Y en el vivo, cómo funciona esa técnica?

A. A.: –Depende del tipo de público. De entrada, nomás, yo me doy cuenta si es un público que va a hacer silencio, si fueron a escuchar música o a charlar entre ellos. Si fueron a charlar, cumplimos el horario –porque es nuestro trabajo, cobramos por hacerlo–, pero no tocamos igual. El tango es algo que hay que sentir en serio para tocarlo bien. Cualquiera puede hacer las notas, pero hacer un buen tango, es otra cosa. Eso sí: si la gente habla cuando toco a mí me agarra una bronca... Osvaldo se enoja, pero yo me enojo más. Porque a veces nos llaman para las famosas cenas show, que son un resabio de la época de los romanos, donde pasaba de todo. Más de una vez he agarrado mi guitarra y me he mandado a mudar...

–¿De verdad?

O. M.: –¡Sí, me ha hecho pasar cada vergüenza...! (risas). Una vez, en una cena muy paqueta, una señora se acercó a felicitarnos cuando terminamos: “¡Qué hermoso!”. “¿Y usted cómo sabe, señora, si se la pasó hablando mientras yo tocaba?”, le dijo Aníbal. “Señor, yo soy la esposa del embajador, vine a esta cena beneficio a colaborar...” “¡Ah, entonces es más maleducada!”. El no tiene problemas para decir las cosas. Otra vez nos invitaron a la fiesta de cumpleaños de un gran capo del Ejército. Ni bien subimos sirvieron la comida, así que Aníbal agarró la guitarra y me dijo: “Nos vamos, la figura es la comida”. Le explicó al del cumpleaños que nos íbamos porque nadie escuchaba. El tipo subió al escenario y agarró el micrófono: “¡Compañía a mi mando, atención!”. Todos se pararon. “Va a tocar el guitarrista que a mí me gusta. El que no le gusta, se puede ir al patio”. Todos se quedaron duros y largaron tenedores y cuchillos. ¡Y Aníbal empezó a hacer un tema atrás del otro, a propósito!

–Esos son los públicos difíciles. ¿Cuáles son los mejores?

Los dos: –¡Los de nuestras últimas presentaciones!

O. M.: –Era un público increíble. No nos dejaban bajar.

La entrevista transcurre en la Academia Nacional del Tango, donde ambos músicos dan clases. Arias también es profesor titular de la Escuela de Música Popular de Avellaneda, desde 1985 hasta ahora. Montes dicta Iniciación Musical en Sadaic, desde hace 25 años. Ambos coinciden en que más vale no pensar en el dinero a la hora de seguir su labor docente: “Entre el remis y los gastos, salgo derecho. Si voy por lo que me pagan, no voy”, detalla Arias.

–¿Y entonces, por qué siguen dando clases?

O. M.: –Yo me siento muy cómodo al lado de los jóvenes, y además es una satisfacción darles una mano a los que están empezando, porque a mí me ayudaron mucho cuando llegué a Buenos Aires, con 20 años. Estaba haciendo el servicio militar, me había tocado en la Armada. De ahí vino el apodo de Marinero...

–¿Cómo es eso?

O. M.: –Tenía que volver al buque, y me quedaba poco tiempo para cumplir con los trabajitos de músico. Además, no tenía otra ropa. Así que iba a tocar a todos lados con mi trajecito de marinero, de ahí me quedó el nombre. Un día estaba en Radio El Mundo y vino un señor a decirme: “¡¿Dónde se cree que está, en un corso?!” “¿Y usted quién es?” “Capitán de navío Fulano. Llego a encontrarte otra vez tocando el bandoneón con esa ropa y te mando a Martín García”. Le lloré tanto, que al final nos hicimos amigos. Le di tanta pena que terminó prestándome un traje para cambiarme.

–¿Cuál es el secreto para mantenerse en forma?

O. M.: –Trabajar, ser responsable. Soy muy meticuloso con los ensayos, no me gusta dar ventaja.

A. A.: –Hacer vida natural, dormir mínimo siete horas, alimentarse bien, es fundamental. Y evitar el alcohol, y cualquier otra sustancia tóxica.

–Suena raro ese consejo en boca de un tanguero. ¿Cómo hizo para llevar esa conducta sana en un ambiente como el del tango?

O. M.: –¡El es sano comiendo! (risas)

A. A.: –Entonces él es más sano que yo, porque come el doble. Y si no, mida los diámetros (risas). Hablando en serio, yo trabajé mucho en cabarets, pero supe mantenerme alejado de lo que podía hacerme mal. Estábamos todo el día laburando: veníamos de actuar en teatros, confiterías o audiciones de radio, de ahí nos íbamos al cabaret y terminábamos a las 4 de la mañana, todos los días. Si me subía al tren de la mala vida, no me daba el cuerpo.

–¿Hasta cuándo piensan mantener este dúo?

A. A.: –Nosotros ya no nos separamos. Nos separaremos cuando alguno de los dos se enferme, pero para eso falta. Hacemos una buena pareja