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Interviste
 
UNA VIDA DE LEYENDA, ENTRE LA BUENOS AIRES DE NOCHE Y DE DÍA
Por Romina Smith, Jueves 14 de julio de 2011, Clarin

, y sigue la lista... Esa misma Buenos Aires de las noches dulces y agrias, la de los shows en los cabaret y las confiterías, la de ir y volver en colectivo, cargando el bandoneón hasta la madrugada, la de la juventud. Y está la otra Ciudad: la del hoy, la que tiene la rutina en la oficina de la Asociación Argentina de Intérpretes, a los amigos del Torcuato Tasso, y al ir y venir por la autopista para estar con la familia. Entre una y otra hay todo un camino: 84 años de vida y la historia grande del tango. Hoy, Leopoldo Federico todavía se ocupa de mantener intactas, increíblemente memorioso y respetuoso, cada una de sus Buenos Aires. A la del pasado la llena de recuerdos. Y a la de ahora la recibe con una curiosidad intacta.  

 

 

 

 

 

“Me siento honrado por todo lo que viví”, dice, agradecido. Tiene los buenos códigos de los guapos como los de antes, y aunque no se hace cargo de que es una leyenda viva del tango, nadie lo duda. El dice que aprendió de todos. Le gusta contarlo con una anécdota con Piazzolla. “Yo siempre fui tímido. Por eso nunca me voy a olvidar de una charla que tuve con Astor un día que estábamos repasando unos arreglos complicados. Me miró y me dijo: ‘cuando llegue el momento, bajá la cabeza como la bajo yo. Tocá y apretá a fondo, y si te equivocás que se oiga de acá a La Quiaca, pero no toqués para adentro porque tengas temor’. Ahí aprendí a tocar de frente, y a jugármela, como siempre hizo él”.

Toma café descafeinado. Las paredes de su oficina en AADI (donde ocupa la presidencia desde hace 25 años) están llenas de recuerdos de entrevistas, premios, alguna foto firmada, una de Racing de antaño, una bellísima carta de uno de sus nietos, CD para escuchar, otros ya escuchados, más premios, más fotos, orologi replica afiches de giras. Recuerdos. El sonríe: todavía tiene el entusiasmo de un adolescente. Le gusta preguntar qué se está escuchando ahora y opinar sobre los talentos que vendrán. Esa es, quizás, su pasión más actual: trazar un puente entre su experiencia y las nuevas generaciones. Un puente que educa y alienta. Y que es parte de su Buenos Aires actual.

“Me vienen a saludar muchos jóvenes que son músicos. Los escucho tocar y veo su talento, mucho talento, pero lamentablemente falta difusión, faltan escenarios para ellos. Mirá, yo soy un defensor de los jóvenes, donde me pidan que hay que ir a dar la cara yo estoy siempre presente. Me duele en el alma que la juventud no tenga posibilidades de mostrar sus cualidades, porque son talentos”, se la juega.

Leopoldo nació en Once, bien porteño. Hace 58 años se mudó a Ramos Mejía, y aunque pensó que era momentáneo, al final se quedó. Cuando trabajaba de noche no volvía a su casa hasta la madrugada. “Me iba de la radio a un café, me metía en el baño, me afeitaba y me quedaba esperando. Siempre el mismo recorrido, siempre con el bandoneón y la pilcha a cuestas. ¿Sabés cuántos colectivos no me paraban?”, dice, y reconoce que ahora sí son tiempos bien diferentes. Ahora, cada tanto pasa por el Torcuato Tasso: “Me gusta ir porque ese fue el lugar donde volví a nacer con la música”, asegura, generoso.

Recuerda que ya pasaron 67 años del debut. “A los 17 ya estaba en el cabaret, y hoy, a cada lugar donde voy, si no soy el mayor, le pego en el poste”, dice. ¡Coincidencia! es la edad que hoy tienen Lautaro Greco y Federico Pereiro, los dos chicos que tocan con él. “Es verdad. Federico vino un día, se trajo un atril y omega replica empezó a tocar el bandoneón con un sentido del tango que yo no podía entender, me pareció tan jovencito”, se sorprende. A veces, cuenta, tiene nostalgia por los amigos que ya no están. Y cientos de anécdotas con ellos. Momentos felices, dice. “Todos bien guardados en la memoria”.