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CRONICA DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES
Di Eduardo Galeano
Da: El libro de los abrazos, Siglo XXI Editores - Edit. Catalogos, Bs. As., 1989

i cui genitori furono sequestrati il 24 agosto 1976 da una squadra di carnefici  a Buenos Aires. Quel giorno gli aguzizni erano andati presso l’abitazione di Gelman che era già riuscito a fuggire riparando in esilio all’estero. Nella casa avevano trovato il figlio Marcelo e la sua sposa María Claudia García che in quel momento aveva superato il settimo mese di gravidanza. Marcelo fu fatto sparire subito, María Claudia fu trasferita presso il carcere clandestino Automotores Orletti, affinchè continuasse la gravidanza e prima di essere trasferita in Uruguay all’interno della Operación Cóndor che intendeva organizzare una collaborazione tra tutte le forze militari e paramilitari del Latinoamerica. Tredici anni dopo il cadavere di Marcelo fu trovato in un bidone di cemento e sabbia, mentre a tutt’oggi le ricerche non hanno avuto alcun esito rispetto ai resti di  María Claudia. Juan Gelman non smise mai di cercare con ostinazione la creatura che sarebbe dovuta nascere da María Claudia, fintantoché il miracolo avvenne e nel 2000 Juan potè riabbracciare la nipote, dopo che tutte le certificazioni comprovavano la loro familiarità.

 

 

 

 

 

  

CRÓNICA DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

A mediados de 1984, viajé al río de la Plata.Hacía once años que faltaba de Montevideo; hacía ocho años que faltaba de Buenos Aires. De Montevideo me había marchado porque no me gusta estar preso; de Buenos Aires, porque no me gusta estar muerto. Pero ya en 1984 la dictadura militar argentina se había ido, dejando a su paso un imborrable rastro de sangre y mugre, y la dictadura militar uruguaya se estaba yendo. Yo acababa de llegar a Buenos Aires. No había avisado a los amigos. Quería que los encuentros ocurrieran sin hacerlos. Un periodista de la televisión holandesa, que me había acompañado en el viaje, me estaba entrevistando frente a la puerta de la que había sido mi casa. El periodista me preguntó qué se había hecho de un cuadro que yo tenía en mi casa, la pintura de un puerto para llegar y no para marcharse, un puerto para decir hola y no adiós, y yo empecé a contestarle con la mirada clavada en el ojo rojo de la cámara. Le dije que no sabía adónde había ido a parar ese cuadro, ni adónde había ido a para su autor, el negro Emilio, Emilio Casablanca: el cuadro y Emilio se me habían perdido en la niebla, como tantas otras gentes y cosas tragadas por aquellos años de terror y lejanía. Mientras yo hablaba, advertí que una sombra venía caminando por detrás de la cámara y se quedaba a un costado, esperando. Cuando terminé, y el ojo rojo de la cámara se apagó, moví la cabeza y lo vi. En aquella ciudad de trece millones de habitantes, el negro Emilio había llegado hasta esa esquina, por pura casualidad, o como se llame eso, y estaba en aquel preciso lugar en el instante preciso. Nos abrazamos bailando, y después de mucho abrazo Emilio me contó que hacía dos semanas que venía soñando que yo volvía, noche tras noche, y que ahora no lo podía creer. Y no lo creyó. Esa noche me llamó por teléfono al hotel y me preguntó si yo no era sueño o borrachera.

 

 

 

 

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