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CHE, EL HOMBRE NUEVO.
Tristan Bauer
Documentario sul Che, presentato a Cuba nel 2009 e diffuso in diversi festival Internazionali

omega replica watches la interioridad desgarrada y un exterior que pone un signo trágicamente político a ese mensaje enunciado por el poeta pensando en sí mismo. Al despedirse de su esposa, Aleida March, y presintiendo que aquel sería el último adiós, Guevara le dejó, como recuerdo íntimo, una cinta conteniendo ese y otros poemas, cuya lectura seguramente fue alguna vez compartida. Es la primera vez que se accede a este y a otros documentos del Che, gracias a la paciencia y devoción de Tristán Bauer, que plasmó su búsqueda en una nueva biografía del guerrillero argentino bajo el título de Che Guevara. Un hombre nuevo . Aunque Bauer no esté de acuerdo durante la entrevista –“no soy quién para plantear una versión definitiva de lo que fue el Che”, y el tono es tajante como para no abrir espacio a discusiones ulteriores–, el documental, estrenado en un nuevo aniversario de la muerte de Guevara, debate implícitamente el mito, sobre todo porque, aun a riesgo de cierta morosidad en el relato, elige una versión alejada, aunque no siempre antagónica de la figura de un hombre –estampada para siempre en el retrato icónico de Alberto Korda– que no habría vivido en otra dimensión que no fuera el combate continuado. La película se desarrolla en el marco de un permanente relato en off , con la voz del Che y de uno de sus sobrinos (Rafael Guevara, quien mantiene ese acento tan peculiar de un argentino que ha aprendido el lenguaje político en entonación cubana), además del propio realizador que va narrando la forma –a veces azarosa– en que fue accediendo al nuevo material, que con dificultades y algunas reticencias le fue pasando la viuda del Che (“Me decía que yo era como los del partido socialista popular, no entendí que tenía yo que ver con eso, pero en realidad era una broma: ‘Tú también eres del PSP, pides, siempre pides’”). Así, aparecen cartas, discursos, memorias, artículos y una zona privada del Che, en la que el momento más sorpresivo es la confesión de su miedo, sereno y nada desesperado, ante la eventualidad de la propia muerte, escrito en un cuaderno rojo luego de recibir la noticia de la pérdida de su madre. “El texto se llama ‘La piedra’, cuenta con entusiasmo no disimulado Bauer. Allí también aparece un párrafo donde se imagina que la revista norteamericana Life publicará sus fotos como cadáver. Y efectivamente va a suceder así: esa tremenda imagen de su rostro muerto pero con los ojos bien abiertos.” Si el mito es abstracto (habla de alguien que murió por sus ideales, que dejó todo lo que tenía por luchar a favor de un mundo mejor, que creyó en la utopía, con toda la imprecisión obligada de estas palabras), la película se vuelve necesariamente política, concreta y logra historizar la figura del Che, ponerla en su contexto, aún cuando no se proponga interpretarla.Se podría pensar que, incluso antes de su muerte, Guevara fue significando y resignificándose de diferentes maneras. Entre los sesenta y los setenta fue el emblema de una revolución posible, el más cabal exponente de un grupo decidido de combatientes (Bauer rescata con acierto un texto en el que Guevara habla de la “guerrilla de vanguardia”) que cree conocer el camino –e incluso el atajo– hacia ese mundo nuevo. Un estado de cosas que está representado en “La canción del hombre nuevo”, compuesta e interpretada por Daniel Viglietti. Una épica a la que el Che le brindaba el rostro más pleno y que circulaba en variante dura, como este tema del cantante uruguayo, pero también en formas más apacibles, como los colgantes, las remeras y los pósteres que funcionaban más como una contraseña cultural –y hasta de actitud vital– que como una adhesión política. Un chiste de Quino –publicado a comienzos de la década de 1970– representaba esta segunda opción de manera tan graciosa como contundente: A manera de reivindicación privada, un oficinista pusilánime y sometido por sus superiores, sale un momento de su escritorio y se planta ante el espejo del baño. Despliega ante su rostro una imagen del Che Guevara. Luego la enrolla, y con el cartel bajo el brazo retorna a su escritorio donde su situación miserable vuelve a repetirse.Con el reflujo de la ola revolucionaria, durante los ochenta se produce un eclipse de la figura del Che, incluso en su variante proto-hippie . Para regresar una década después, en espacios un tanto inesperados y poco cercanos a la política: el rock y los estadios de fútbol. Incluso alguien tan anárquico en sus compromisos políticos –y que comparte cierto espíritu con las hinchadas y el rock , sobre todo en su vertiente “chabona”– como sigue siendo Diego Maradona, lleva la imagen de Guevara tatuada en su brazo junto al nombre de sus hijas.Ese revival de escenario inesperado acarrea una nueva transfiguración del Che. En un mundo ocupado en separar los ámbitos de lo privado y de lo público y en denostar los excesos de la pasión, Guevara representa la celebración de los sentimientos más intensos a la vez que la postulación de la inexistencia de fronteras entre lo que ocurre en los diversos lugares donde transcurre la vida. El Che aparece entonces como quien reúne todos los requisitos para demostrar que la lucha política puede convivir con el amor personal, con ciertos placeres e incluso con la alegría. Los sectores más marginales lo convierten en bandera para mostrar su insatisfacción con un estado de cosas que experimentan como contrario a su forma apasionada de entender la vida.La recuperación que propone Bauer es, de algún modo, tributaria de todas estas versiones del Che, pero tiene el raro y bienvenido mérito de recuperar la complejidad de su protagonista. Pero también inaugura ciertas fascinaciones que hasta hoy sólo se daban en ciertas zonas ocultas de la academia: la figura del Che como escritor. “Por azar –cuenta Bauer y la escena se ve en la película– pudimos llegar al archivo del ejército que mantenía los escritos del Che encerrados bajo siete llaves. Entonces me encontré con esos cuadernos escritos a tres colores, azul, negro y rojo, seguramente una lapicera tal como había, cuando yo era chico, un modelo de Sylvapen. En un color copiaba un texto, en otro lo marcaba y finalmente en rojo escribía su propio comentario. En Cuba mantenía una costumbre parecida, lo que surgía del primer impulso iba a parar a una libreta, que luego pasaba profundizado a un cuaderno, la instancia previa a la versión definitiva escrita a máquina, a la que muchas veces volvía a tachar y corregir. Hay una permanente necesidad en el Che de escribir. Ya en su adolescencia, se mostraba como un lector muy metódico. Hacía listas de libros leídos y por leer. También armó lo que él llamaba su ‘diccionario filosófico’, una serie de conceptos con sus definiciones que anotaba por orden alfabético en un cuaderno.” Además, Bauer ha eludido las formas más convencionales de la biografía documental: “En todos estos años hemos realizado innumerables entrevistas y recogido, en Cuba, en Bolivia, en la Argentina, infinidad de testimonios. Sin embargo, preferimos no usar ese material y que fuera el Che el que hablara directamente, que se escuchara su palabra”. En tiempos donde todo realizador considera que un personaje se cuenta a través de las voces de los demás a las que se ilustra con material fotográfico o fílmico, no es este un mérito menor –con todos los riesgos que conlleva– sostener la persistencia de una misma voz por más de dos horas.El hecho de haber elegido un personaje que tiene que ver con su propio pasado (“Nací en 1959, el año de la Revolución Cubana, y siento que el Che fue una figura que fue acompañando mi vida casi desde siempre, diría”), implica la posibilidad de imaginar un futuro para Guevara. Incluso al inicio del filme, el propio Bauer se plantea la pregunta por el legado. “Es un hombre que ha marcado a la humanidad, y sobre todo a América Latina. Cuando pude hacer con Daniel Filmus la serie de entrevistas con presidentes latinoamericanos, se vio como treinta años después que nuestras democracias actuales se plantean ciertos rumbos que tienen elementos en común con el Che.” Finalmente, aparece el hecho de que es un Guevara realizado por un argentino. Escuchar al Che muestra una tonada ajena a nosotros, incluso su última carta es una despedida al pueblo cubano. Bauer propone otra lectura: “He trabajado con las figuras de Borges, de Cortázar, de Leloir y encuentro en todos la misma aproximación a la lectura, un rol fundamental de la biblioteca paterna, una fuerte sistematización de la lectura, la influencia de los inmigrantes de la Guerra Civil Española, el modo de funcionamiento de la universidad durante esos años. Eso es lo que aparece en el Che, que responde a todos los paradigmas de una clase media que empieza a descubrir Latinoamérica. Si puede decirse así, era cubano desde su argentinidad.” El filme se cierra con un fragmento de uno de los últimos textos del Che, “El socialismo y el Hombre en Cuba”, enviado desde el Congo para ser publicado en la revista uruguaya Marcha, un alegato de fe revolucionaria y de confianza en el porvenir. De fondo a la lectura del texto se escucha “Adagio a mi país”, en la voz de Alfredo Zitarrosa, “En mi país brillará, yo lo sé, el sol del pueblo arderá nuevamente, alumbrando mi tierra” . Puede que sea un signo de estos tiempos, que el único lugar desde donde llegue la esperanza sea el pasado

 

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